lunes, 30 de julio de 2012

El Relojero (VI)

Una semana más que comienza, eso significa que os traigo una nueva entrega del Relojero. Con esta ya hacen seis desde que comencé este viaje con vosotros y espero que os vayáis animando a continuar el camino conmigo.

El Relojero

La última frase se quedó flotando en mi mente, todo sonaba tan absurdo que me entraron ganas de reír pero logré contenerme con un carraspeo. Mi padre estaba mortalmente serio y sabía que no era buena idea tomarme aquello a broma.
Por fin encontraba una razón de los entrenamientos a los que mi padre me sometía desde que podía recordar. Lecciones de resistencia en una carrera, lucha cuerpo a cuerpo, estrategia y una larga lista de normas que debía seguir.

Todos los fines de semana me llevaba a un punto de la sierra de Madrid y me instruía. Yo no podía preguntar a qué se debía aquella insistencia puesto que siempre recibía la misma respuesta:
—Algún día me lo agradecerás —me decía sin darle mucha importancia.
Y ese día había llegado. Ahora me veía forzado a depender de una persona que no sabía que tenía que salvarme y yo tenía que lidiar con la muerte durante dos semanas. O quizás durante lo que me quedaba de vida.
—¿Estás bien, Marco? —preguntó mi padre agarrándome de un hombro.

Estaba tan concentrado en mis pensamientos, que no había prestado atención a si había continuado hablando mientras yo iba poniendo cara dramática al pensar en mi destino.
—De repente te has puesto pálido —dijo acercándome una silla.
Tomé asiento y sentí como las palabras trepaban por mi garganta hasta convertirse en un torrente.
—¿Cómo quieres que esté? Me acabas de decir que están intentando matarme y que tengo dos semanas para encontrar a un tipo que seguramente no sepa que tiene que salvarme. ¿Quieres que me lo tome como lo más normal del mundo?
—No te estoy diciendo eso, Marco —mi padre sacudía las manos en ademán tranquilizador—. Desde siempre has sabido que te estaba preparando para algo, pero obviamente tu imaginación no te ha preparado para esto. Yo estuve sin hablar a mi padre cerca de una semana hasta que comprendí la importancia de no avisar al heredero de lo que va a tener que hacer.
—¿Qué quieres decir?

—¿Te acuerdas del tío Martín? —asentí lentamente—. Él era el legítimo heredero pero la abuela decidió decirle la verdad un año antes de los dieciséis y nunca recibió el don. En cambio, yo sí.
Martín era el hermano mayor de mi padre que desapareció de nuestras vidas cuando yo apenas tenía tres años. Siempre había fantaseado con lo que había sido de él pero ya apenas me acordaba.
—Fue mi hermano quien me contó lo que le había ocurrido por haberlo sabido antes y lo mucho que se habían tenido que contener para no cometer el mismo error conmigo.

Tragué saliva y miré a los archivadores, me di cuenta del duro trabajo que tenía por delante y me rasqué la cabeza con evidente fastidio.
—No te preocupes, muchos de ellos están vacíos —dijo mi padre refiriéndose a los archivadores.
Me puse en pie y abrí uno de los cajones del primer archivador. Había una serie de cuadernos en cuyas portadas se podían ver nombres y fechas, me sentí abrumado.
—¿Tienes alguna idea de cómo he de empezar? —pregunté cerrando el cajón demasiado fuerte.

—Si coges el diario de William —abrió un cajón y rebuscó, me pareció que se lo sabía todo de memoria—. Es un diario del siglo XIX que explica muy bien cómo se activa el reloj para que descubras al Relojero —me tendió un volumen desgastado—. Hay muchas notas dentro, la mayoría son mías. Creo que es lo primero que debes aprender y también tiene un cálculo aproximado de las veces que puedes activarlo hasta que empiece a fallarte.
—¿Seguiremos entrenando?
Mi padre comenzó a reírse.
—¿Ahora no te importa levantarte a las seis de la mañana para pelear? —preguntó jocosamente—. Tu entrenamiento seguirá adelante, sí. Pero seguramente yo no sea tu maestro.
—¿Por qué? —pregunté extrañado.
—El Consejo del Tiempo tiene profesionales mucho más cualificados que yo.

—¿El Consejo del Tiempo? —fui incapaz de no preguntar.
—Son los que te darán las pautas de tus siguientes misiones pero apenas les verás en estas dos primeras semanas porque no quieren interferir en la búsqueda del Relojero.
—Así que eso de tener que hacer el camino en soledad… se lo toma todo el mundo a rajatabla.
Me retorcí las manos con la cabeza gacha, estaba asustado por lo que me esperaba. Mi padre me alzó el mentón y clavó sus ojos azules en los míos, que eran muy parecidos.
—Eres capaz de hacerlo, tan capaz como lo era yo con tu edad. Has nacido para ser un Viajero y lo serás durante muchos años hasta que veas como tu hijo continúa tu legado. Lo que te hará sentir tan orgulloso que olvidarás lo que significaba poseer ese poder.
Su voz estaba impregnada de mucho sentimiento, más de lo que jamás se había permitido enseñarme. Fue el primer momento en el que realmente me sentí unido a mi padre, porque siempre había sido reservado.

Le sonreí con sinceridad y él se separó lentamente para girarse, pero juraría que vi una sonrisa en sus labios antes de volverse completamente.
—Vamos a configurar el cierre de la habitación para que sólo se abra con tu huella —dijo mi padre recuperando su acostumbrado tono desapasionado.


Cuando me encontré solo en la habitación del Viajero, sentí que las paredes iban a sepultarme bajo su peso mientras miraba por encima los diarios de los últimos viajeros del tiempo. Entonces me enteré de que un tal Richard Clarendon emigró de Inglaterra a principios del siglo XX hacia España, donde cambió su identidad por la de Ricardo Medina.
Después de descubrir la procedencia de mi apellido, pasé directamente al diario que mi padre me había recomendado. William Clarendon era un respetable lord de la sociedad londinense que cuando no estaba disfrutando de fiestas, desentrañaba los misterios del tiempo.

Entendí lo que mi padre me había dicho cuando vi la larguísima explicación que le había dedicado al estado de concentración que se necesitaba para activar conscientemente el reloj. Había que cerrar los ojos e imaginar dicho objeto en tu mente con todos sus detalles: el sonido del tic-tac y el suave movimiento de sus manecillas.
Cuando tu mente se había mimetizado con las propiedades del reloj, había que detener las manecillas pero no el sonido. Mientras la cadencia del repetitivo tic-tac del reloj imaginario continuara, el tiempo alrededor del Viajero se detendría.
También decía que cuando el reloj sentía que amenazaban a su portador, se activaba inconscientemente pero yo no buscaba eso, necesitaba controlarlo para encontrar al Relojero.

El Relojero es un relato inédito y original de Marta Cruces Díaz, administradora del Cuaderno de Ireth 2012
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